My way

Cada uno tiene sus razones para hacer El Camino de Santiago.

Hace años yo tenía muchas, pero por mis problemas de lumbalgia había abandonado la idea, ¿definitivamente?

A pesar de todos los impedimentos, todos los “NOs” y los “PEROs”, parecía que el Camino insistía en que lo fuera a conocer. ¡¿Quién soy yo para rechazar su invitación?! Allá me fui.

Me las ingenié para superar el escollo lumbar con un carrito que construí en dos semanas, del que tiraba cuan expedicionario al Polo Norte, para descubrir que El Camino de Santiago es muchísimo más que una “ruta de senderismo” que cruza de Roncesvalles a Santiago de Compostela o a Fisterra, según preferencias.

Lo sentí en mis carnes, en cada una de mis 21 ampollas, en las gotas de lluvia que empapaban mi ropa, en cada rayo de sol que me abrazaba, en la bajada del Monte del Perdón, en la subida a O Cebreiro, en los amaneceres que abrían mi día y los atardeceres que me despedían de él, en cada bocadillo comido en la plaza del pueblo o en manjares proveídos por arbustos y árboles a lo largo del Camino.

En cada charla con alguien que unas pocas horas antes ni conocía, en los sorbos de agua fresca que sabía a gloria, en las sonrisas de los peregrinos y de los que los apoyaban, en los olores del bosque, en la sensación de libertad que transmitía el paisaje de Castilla, en cada montaña, charco, montículo o robledal, en las tertulias antes de acostarse y en las ganas de que El Camino no termine nunca.

Me fui solo, pero acompañado por mi invento y mucha ilusión.

Me fui para encontrar que El Camino es mucho más que una senda de flechas amarillas pintadas en los lugares más insospechados, para descubrir que me acabaría absorbiendo como a todo aquel que se arriesga a hacerlo. Eso sí, no tuve ni el más mínimo interés en resistirme. ¿Tú lo harías?

¡Buen camino!, peregrin@.

Your way. My way.

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